Pelarse

Hay actos rutinarios que me dan mucha pereza.

Me da pereza ir al supermercado, por ejemplo. Como la leche es fresca y dura no más de una semana, no puedo comprar varios cartones porque se me acabarían perdiendo. Así que cada 3 ó 4 días – lo que tarda el tazón del desayuno en agotar litro y medio de leche – debería ir a reponer víveres. Sin embargo, trato de dilatar lo máximo posible el momento hasta que en el frigorífico sólo hay un bote de ali-oli y una botella de agua y a ver quién come con eso.

También me da pereza tirar la basura, pero es que aquí es un acto de rigor científico. Se reciclan los periódicos, el cartón, el cristal de color, el metal, el cristal transparente, los recipientes plásticos – hasta aquí todo normal – y separamos (ojo) la basura combustible y la compostable*. Tengo bolsas de cartón del ayuntamiento en las que tengo que poner la materia susceptible de convertirse en compost y ponerlas en su contenedor. Claro está que la mayoría de esta basura la compone materia orgánica y la mía – no sé la del sueco estándar – se caracteriza por soltar juguillos de diversa índole y procedencia. Total, que el cartón se empapa y queda la bolsa hecha un cuadro (y mi cubo oliendo a rayos). La solución que había adoptado hasta ayer era envolver la dichosa bolsita en otra de plástico y tirarlas juntas, con fantásticos resultados para la limpieza y olor de mi humildísima morada. Pero hete aquí que ya han puesto un cartel advirtiendo de que nada de bolsas en el dichoso contenedor y me han arruinado mi estrategia. Así que ahora, con flema escandinava, voy hasta el contenedor compostable, saco la bolsa de cartón – empapada de todo tipo de detritus – de la de plástico, la tiro a su contenedor y luego, pinza en la nariz mediante, hago lo propio con la de plástico en el contenedor de basura combustible. Más cuadriculado que los suecos, oiga.

Lo que más pereza me da, con bastante diferencia, es ir a cortarme el pelo. En Madrid era capaz de cruzar la ciudad entera (de Arganzuela a Tetuán) para ir con mi peluquero de cabecera (uno de toda la vida, nada fashion). En Santander, voy a una peluquería que está a un par de pueblos de distancia del mío y a la que voy desde que tenía 14 ó 15 años. La clave es que ambos son profesionales de confianza y eso no se paga. Aquí, por el contrario, las peluquerías abundan como setas y es cuestión de hacer elecciones. La primera es si acudir a una peluquería regentada por suecos de pura cepa, fashion tal vez pero capaces de hacerte un roto en la cartera (hace camino de 5 años, de Erasmus, pagué casi 37 € por un corte de pelo, ni lavar ni nada, tijera y gracias) o acudir a un frissor inmigrante (los que he visto son casi todos de Oriente Medio, sirios, kurdos, turcos…) que, por un precio de estudiante de unos 15-17 €, te puede hacer un pelado decente. De hecho, igual o mejor que el de los nativos.

Yo siempre he ido a los segundos pero me encontraba con graves problemas de comunicación. Básicamente, el sueco de uno da para lo que da y el inglés del peluquero para algo parecido. No soy cliente de hablar mucho con el profesional, pero de quedarse totalmente callado como que tampoco. Y cuando el peluquero, como el de al lado de mi antigua residencia, parece que hubiera aprendido a cortar cabelleras en la trena, pues como que la experiencia no es muy agradable. Así que he ido dejando crecer mi – cada vez más escaso, todo hay que decirlo – pelamen hasta que me ha empezado a dar algo de vergüenza ajena. Vamos, que hoy he ido a pelarme a una peluquera de al lado de la universidad – excelente inglés, por cierto – y ya puedo ir con la cabeza bien alta. Sólo espero que ahora no se ponga a nevar porque otra cosa no, pero ¡anda que no abriga el pelo largo!

(*) si alguien sabe dónde se reciclan las bombillas, que avise.

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Archivado bajo Historias de supermercado, Miserias cotidianas

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